He pasado el día fuera y vengo reventado. Almorzamos en El Bosque −unas almejas marineras poco memorables, sopa monasterio para entrar en calor y pollo relleno de panceta, espinacas y champiñones gratinado, tocino de cielo de postre− y echamos un vistazo en coche por los alrededores. No hacía muy mal tiempo, pero tampoco había ánimos de desafiar a la lluvia. A continuación pusimos rumbo a un pueblo cercano para ver una película en el cine, El hombre lobo, con Benicio del Toro y Anthony Hopkins en los papeles principales.
Nos congregamos nueve espectadores en la sala, una cifra muy poco espectacular. El centro comercial estaba casi desierto, las cafeterías vacías y ninguna cola para comprar entradas. Un día triste, frío y a ratos lluvioso. No entiendo por qué me siento tan cansado, aunque sé que mi ánimo no ayuda. Me lo he pasado bien, pero los domingos me caen siempre como un golpe en la boca del estómago.
Estoy demorando mis comentarios sobre la película porque me defraudó. Los treinta o cuarenta minutos finales tienen su encanto, aunque sólo sea por el ritmo trepidante, pero todo lo demás sobra. Joe Johnston se ha especializado en films para ver con un paquete de palomitas en la mano: Parque Jurásico III, Jumanji, pero ni siquiera en eso destaca.
De este Hombre Lobo ambientado en la Inglaterra victoriana uno esperaba tensión, drama, quizá un poco de terror, la recreación de la imponente arquitectura victoriana, un despliegue de paisajes lóbregos y cautivadores, una historia de amor y algo de sangre. Pero Johnston no ha logrado invertir en la película esos ingredientes previsibles y necesarios, y el conjunto tiene el sello de “fracaso” marcado en el lomo.
La escena del asesinato del hermano del protagonista, que da comienzo a la película, y el regreso de Talbot (Benicio del Toro) a la ancestral mansión familiar, situada en mitad del páramo inglés, carecen de ritmo. El asesinato es demasiado casual y sorprendentemente apenas ejerce efecto sobre Talbot, cuya tristeza por la muerte de su hermano resulta demasiado frívola como para impulsar la motivación principal: averiguar qué fue lo que le mató y ejercer la venganza. Por otro lado, se despierta en Talbot el deseo por la bella viuda de su hermano.
Uno supone que la relación del hijo pródigo con su padre había de ser lo bastante espinosa como para resultar interesante, pero la realidad es que Hopkins debe pronunciar unos diálogos enfáticos y plagados de clichés que no obtienen respuesta dramática de del Toro, cuyo registro expresivo es demasiado lineal. Precisamente por eso, tampoco es capaz de exteriorizar la tensión de un hombre de buen corazón que comprende poco a poco que ha sido contaminado por una terrible maldición.
La trama no es particularmente ingeniosa, pero habría resultado satisfactoria si el director la hubiese manejado si no con sabiduría, al menos con habilidad. El problema reside en que Joe Johnston no ha comprendido todavía −y ya nunca lo hará, me temo− que los pedazos de vísceras salpicando insensiblemente las paredes no bastan para construir una película, ni siquiera una de género ligero y despreocupado como El hombre lobo. Lástima: había dinero, trama y actores decentes. Sobraba el director.
La presunta locura de Talbot, que fue testigo en su niñez del suicidio de su madre, se resuelve mediante una serie de escenas maníacas ambientadas en un manicomio victoriano… pero tampoco aquí las maniobras del director cosechan éxito. El psiquiatra es caracterizado como un personaje grotesco y sospechosamente ansioso, y su ayudante como un sádico que inflige innecesarias torturas a los pacientes. No mencionemos a los demás psiquiatras, quienes no sólo no muestran el menor interés científico por la terrible locura de Talbot, ¡sino que la encuentran divertida! La palabra «inverosímil» me viene rápido a la cabeza.
No voy a referirme a la ambientación victoriana, porque el director la desaprovecha en todo momento, ¡sin excepción!, ni a la música, que no imprime tensión ni dramatismo: ¿para qué la pusieron, entonces? Los aullidos del hombre lobo habrían sido más excitantes y lógicos como fondo sonoro.
En fin, las última media hora o así está plagada de efectos especiales, persecuciones, tiros y desmembramientos. Es lo único bueno de la película, y tampoco es que brille sobre las aguas. La oportunidad de una buena película de gran presupuesto sobre el hombre lobo se ha perdido. Drácula de Bram Stoker, de Coppola, debió ser el modelo para este licántropo, pero Johnson no lo sabía. Y se conoce que nadie se lo dijo.